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Un error de lectura

Cuando enfrentó esa calle, y la vio empinarse sobre la pronunciada ladera del cerro, plena de sol veraniego, cuando miró el pedregoso suelo reseco por el calor, le pareció una tarea demasiado ardua –diríase imposible- el recorrerla cuesta arriba, yendo casa tras casa, golpeando puerta tras puerta.
Su trabajo consistía en una tarea que a la mayoría le parece insignificante, y que es –definitivamente- ingrata: debe leer el medidor de consumo de agua, en cada casa del barrio que le asignen. Este cambia cada mes, en una larga rotación que le lleva a recorrer la ciudad, en toda su extensión, cada tres o cuatro meses. Son horas y horas de caminar, de golpear puertas, de encontrarse con gentes no siempre amables y –no pocas veces- también con gente que le enrostra el alto costo del agua, gente que le insulta y hasta le agrede, al ver en él personificada la empresa que –inflexible- exige el pago de sus deudas. No toda la gente es así, es verdad, pero es tan poca la que le trata en forma agradable, que se pierde entre las demás.
Ese día no había sido bueno. Para nada. Pasó por varios disgustos y aún un hombre intentó pegarle, indignado por el hecho de que le llevara una nueva cuenta (que se agrega a las que no ha podido pagar), siendo que hacía un mes que le habían cortado el suministro de agua. Es lo malo de que le tocara un sector de la periferia: allí la gente tiene menos dinero -o no lo tiene, simplemente-, muchas calles no tienen pavimento y a quienes son como él se les mira casi como a un enemigo.
Por eso, al verla abrirse frente a él, lamentó profundamente el no haber advertido antes –el barrio es desconocido para él- esta calle agreste. De haberlo sabido, habría comenzado por ella, temprano en la mañana, cuando el sol no castiga tanto como al mediodía y el ánimo todavía no ha decaído tanto. Son ya cerca de las tres de la tarde, y sobre la ladera del cerro –como sobre su espalda- el calor se hace insoportable.
Sin embargo, no hay nada que no pase, llegado su momento. Y así es que a pesar del sol, de la tierra, de las piedras del camino y las malas caras, llegó finalmente al final de la calle. Sólo le restaba una casa, la última, colindante con la ladera. Terminaba con esa y podría regresar a la oficina, llenar los informes diarios y volver a casa. Él nunca almuerza, por propia elección, precisamente para terminar más temprano y poder irse. Almorzar le significaría salir cuando menos dos horas más tarde.  Y para ese hombre, para ese joven de recientes 18 años, es importante tener algo de tiempo para hacer algo, para sentir que vive.
Se paró frente a la puerta, la última puerta de ese día, y la encontró abierta, de par en par. No es algo inusual en estos barrios el que las puertas permanezcan sin cerrar todo el día, así como que las ventanas no tengan vidrios, y sólo una cortina separe el interior del exterior. La mayoría de la gente que en ellos vive procede del sur, del campo, donde nadie cierra nada, y los vecinos saludan al pasar a quienes desde dentro de la casa observan el ir y venir de la gente. Sus compañeros de trabajo, bastante mayores y por mucho más conocedores de su trabajo –en el que llevan años- le han dicho que en estos casos, cuando la puerta está abierta y nadie responde a sus llamados, debe entrar sin más, anunciándose, para ser atendido.  O bien, acercarse a una ventana y descorrer la cortina, para ver si hay alguien dentro.  Esto, que a él parece punto menos que imposible, es costumbre para ellos, que lo hacen aún sin necesidad. Le han dicho que así han conseguido ver, no pocas veces –en medio del verano- a alguna muchacha tendida en su cama en ropa interior, viendo televisión, o bien a alguna mujer de más edad, en plena faena de descuidado cambio de ropa. 
Pero él no podía hacer esas cosas. Va contra la forma en que lo educaron, y además se moriría de vergüenza si se encontrara con una mujer a medio vestir. No es que a su edad no haya hecho de todo con más de alguna chica, pero no le parece propio irrumpir en la intimidad de una mujer  de esa manera. De modo que se quedó ahí, frente a esa puerta, frente a esa casa, la última que le falta. 
No sabía qué hacer. Había golpeado varias veces. Había gritado más de una vez –a la usanza del campo- un “alooo”, con la voz más fuerte que ha podido. Pero no parece que haya nadie en esa casa de dos pisos, la más imponente de toda la cuadra, de cuyo interior no se ve sino un largo pasillo, que discurre desde la entrada hasta una habitación vacía, una docena de metros más allá. Aparte del vano de dos o tres puertas que se abren a ambos costados, no se aprecia nada más. Eso lo inquietó. ¿Qué hacer? Aun cuando se fuera sin leer lo que marca el medidor, tiene que entregar la cuenta del mes anterior. Y su jefe le hará volver al día siguiente, sin importar cuán lejano esté el sector que entonces le corresponda. 
Pensando en esto, finalmente se decidió a entrar. No había dado más que dos o tres pasos, cuando apareció desde una de aquellas puertas una jovencita, que se sorprendió al verlo en el pasillo. Era una  muchacha atractiva, e iba vestida de acuerdo al calor reinante, con una pequeña camiseta que poco la cubre y una faldita de algodón todavía más breve que aquella. Y, cosa que es evidente, bajo esa camiseta no hay más que su piel.
Él se atropelló tratando de explicar a que iba, y por qué entró de esa manera, pero la muchacha sólo le sonrió y lo hizo pasar, diciéndole que el medidor del agua ha quedado instalado dentro del dormitorio, cuando su madre hizo remodelar la casa.  El joven la siguió, dispuesto a hacer su trabajo e irse a descansar, por fin. 

La muchacha, en tanto le abría camino, gritó:
- Mamá, veeen. Que vienen a ver el agua.
- Pero velo tú niña, qué tanto grito - se escuchó lejana la respuesta-
- Mamá, ven. Es que tienes que ver algo.
Al darse cuenta que el joven está mirando alrededor, en busca del hasta entonces invisible medidor, le dijo –con una inocente sonrisa-:
- Quedó ahí, dentro de ese closet.
¿Dentro del closet? se preguntó para sí mismo, pero allá fue, abriendo la puerta corrediza del enorme closet que cubre la pared, para encontrarse con mucha ropa, y con una  veintena de pares de zapatos, en el lugar en que se suponía estaría su objetivo.

Al volverse a mirarla, para preguntarle de qué se trata todo esto, se encuentra con que la mamá ya ha llegado, y que está mirándolo de arriba abajo, como si le estuviera poniendo precio. Debe tener unos cuarenta años, pensó él, pero qué cuarenta. Esa es la impresión que le dio su cuerpo pleno de curvas, para nada ocultas por un revelador camisón negro, y ese escote que –de por sí- fue más que suficiente para dejarlo sin habla. La ropa interior que bajo la traslúcida tela se veía claramente, era tan breve como transparente.
No supo qué decir, y nada dijo. Sólo se quedó mirando a esa mujer que le devolvía la mirada, y que con una sonrisa, le decía a su hija:
- Tenías razón. Valía la pena venir. Es lindo. 
Él sintió que sus mejillas se acaloraban, y se dio cuenta de que se había ruborizado sólo un instante antes de que la muchacha dijera:
- Mira, lo hiciste ponerse colorado.
Y rieron las dos de buena gana, mientras él no sabía qué hacer, ni que decir, ni dónde poner los ojos para quitarlos de encima de ella.
No supo cómo le salió la voz, una voz temblona, para decir:
- Necesito leer el medidor del agua.
La mamá de la chica, con una cálida sonrisa, le respondió:
- Está ahí, donde le dijo mi hija. Debajo de los zapatos.
Y allí fue él, y de rodillas en el suelo comenzó a apartar zapato tras zapato, y le parecía que no se acabarían nunca. 
Escuchó entonces la voz de la mamá, muy cerca de él, diciéndole:
- Joven.
Al voltearse para mirarla, se encontró con que ya no estaba en la entrada de la habitación, sino junto a él, muy junto a él. E inclinada de tal manera que lo único que podía ver eran sus grandes tetas.
- Joven, no me maltrate los zapatos, ¿quiere? Son caros.
Levantó un poco más los ojos y encontró su cara, con una sonrisa que pretendía inocencia, mucho más cerca de lo que esperaba.
Se volvió, con un:
- No, señora.
Y continuó en su tarea. Cuando por fin terminó (tras un par de minutos que le parecieron años) y la trampilla apareció en el suelo frente a sus ojos, escuchó de nuevo:
- Joven, oiga, joven.
Esta vez se volteó con más cuidado, temeroso de la vista que le esperaba, pero antes que ver nada escuchó unas risitas, que lo alarmaron más de lo que ya estaba.
Y las risitas venían de las otras hijas de la señora, que ahí estaban también, mirándolo, enfundada una en un mínimo short y una holgada blusa, y la otra (la mayor) imitando el atuendo de su madre, con el agravante de que nada sostenía sus pechos bajo la transparente tela.
- ¿Viste que es lindo? –dijo la menor (la que le había recibido al llegar).
- No –dijo la hermana mayor- no es que sea lindo, es que está riiiico.
- Yo me lo comería –dijo la del short-, ahora mismo.
- Chís!, pónganse a la fila – habló la mamá.
- Oigan, yo lo ví primero – terció la más pequeña, con tono de berrinche.
- Bah, pa’ qué nos llamaste entonces pues, te lo hubieras comido calladita -dijo la segunda-. Ahora respeta a tus mayores y espera tu turno.
Su rostro estaba rojo como un tomate cuando se volvió hacia la trampilla, la abrió de un tirón y –en la penumbra reinante dentro del closet- más adivinó que leyó lo que marcaba el medidor. Anotó la lectura en la gran libreta de registro que llevaba, y cerrando la trampilla hizo ademán de levantarse, pero  no alcanzó a hacerlo: lo detuvo la voz de la mamá de aquellas muchachas, que le decía con tono serio:
- Me imagino que no pensará dejarme todo desordenado, ¿no?
Él miró hacia atrás por el rabillo del ojo, y vio una muy cercana muralla de piernas, ocho hermosas piernas, cerrándole el paso, de modo que empezó a poner los zapatos de vuelta en el rincón del closet, rápidamente. Mientras esto hacía, escuchó unos murmullos conspiradores, un roce suave y unas risitas contenidas. Cuando terminó de ordenar y se volvía para levantarse, algo rozó su mejilla y cayó sobre su hombro, algo perfumado que resbaló por su brazo hasta el suelo: un triángulo de tela y encaje negro. Un triángulo que minutos antes había visto –y muy bien- al final de unas torneadas piernas. Se quedó helado. Y escuchó entonces las voces de aquellas malvadas, que se burlaban de él, diciendo
:
- Ay, si se puso nervioso, pobreciiito.
- Así se ve más rico todavía…
- No tengas miedo, m’ijito, si yo te voy a cuidar bien... (dijo la mamá)
- Yo me voy a comer a besos esos labios tan rojitos…
(Sólo mucho después notaría que sintió el roce de sus pechos contra sus brazos, y una mano fuerte que le agarraba el trasero, al pasar por entre ellas hacia la puerta, mientras lo perseguían sus risas…)
No fue sino hasta que había corrido unas cuatro cuadras calle abajo, cuando se dio cuenta de que había cometido un error: no les había entregado la cuenta del mes. Tendría que volver. Tendría que volver, pero ¿cómo? No quería pasar por nada de eso de nuevo.
Desandar el camino se le hizo eterno, y la pendiente de la calle aparecía aun más pronunciada. Cuando finalmente llegó a la puerta, pasó largos minutos frente a ella, en silencio. Ni un ruido provenía de la casa, y hasta parecía que nada de lo que acababa de vivir hubiera sucedido realmente. La misma paz que cuando llegó la primera vez. Nada, ni un ruido.
¿Qué hacer?
Recordó entonces que todas ellas habían llegado de algún lugar al interior de la casa, y que en la habitación en que había estado, la primera de la derecha, no había nadie hasta que la muchacha le llevó allí. De modo que con pasos rápidos y evitando hacer ruido, se adentró por el pasillo, se asomó al dormitorio y –viéndolo vacío- dejó la cuenta sobre el primer mueble que encontró a mano. No pudo evitar, antes de salir, dar una mirada alrededor. Nada indicaba que algo hubiera sucedido allí pocos minutos atrás.
Salió de la casa, y se fue tan rápidamente como la primera vez. Al doblar la esquina, sin embargo, dio una última mirada calle arriba, y tuvo un sobresalto. Le pareció que, afirmada del marco de la puerta,  una entristecida chiquilla lo miraba alejarse…
-.-
Al mes siguiente, uno de sus compañeros lo llamó aparte, en la oficina, y lo reconvino, por haber ido a esa casa. 
- ¿No ves, idiota, que todas las lecturas del último año tienen el mismo consumo? ¿Cómo no te ibas a dar cuenta de que ese medidor está malo? Nosotros, para no perder dinero, cuando vamos a esa calle le ponemos una lectura falsa a esa casa, le vamos sumando los mismos 8 metros cúbicos todos los meses, y todo el mundo está contento. La cuenta simplemente la tiramos dentro por la ventana. Ahora tú fuiste, encontraste gente en una casa donde nunca hemos encontrado a nadie, y traes una lectura tan diferente a lo que hemos puesto, que el jefe me ha mandado a mí a revisar que pasó. Y a mí me tocaba el otro extremo de la ciudad, pero por ti tendré que perder tiempo yendo hasta allá.
El joven, algo compungido y disculpándose (por no haber advertido algo que no tenía como advertir), le contó entonces lo que le había visto en aquella casa, y lo que le había pasado, con el fin de que -entusiasmado con la idea de ver mujeres semi desnudas- ya no lo molestara más.
Al día siguiente, aquél compañero llegó más enojado aún que el día anterior. Había ido a la casa, pero no había encontrado a nadie, pese a que fiel a sus costumbres, entró sin dilación. Se consideró burlado, creyendo que la historia que le contó era falsa, y en venganza le dijo al jefe que la lectura estaba equivocada, que había sido un error del novato, y que la lectura era otra, una que sí se correspondía con lo que era habitual cada mes. Eso le valió una multa y un largo sermón.
Cuando, meses después, le tocó volver a ese barrio y a esa calle, aunque  hizo lo que tenía que hacer y agregó 8 metros a la lectura anterior, arrojando la cuenta por la ventana, no pudo evitar acercarse a aquella puerta y mirar hacia dentro, hacia ese silencioso y solitario pasillo, y le costó contener las ganas que tenía de entrar.

Y es que necesitaba convencerse a sí mismo que aquella historia era real, que la había vivido, y que no era sólo una alucinación febril causada por el excesivo calor del estío.
 
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La cita

La plaza se ve vacía a esas horas. Es domingo. ¿Quién se levanta temprano en esa ciudad, en donde el frio aire de la mañana cala los huesos?

Sin embargo, él está ahí, sentado sobre la vieja banca de una sombría plazoleta, sus brazos cruzados sobre el pecho, queriendo proporcionarse un poco de calor. O quizá dándose valor, para no flaquear en su propósito.

Con la cabeza baja, mira sus zapatos, allá al final de sus piernas estiradas. No es eso lo que vé en realidad, sino lo que finge ver. No quiere que ella advierta que la ha visto, no quiere que se dé cuenta que sabe que lleva ahí quince minutos, indecisa, escondida tras la esquina, dudando entre acercarse a él o alejarse definitivamente...

No quiere que advierta que la ha visto llegar, que la ha visto dudar y ocultarse. Sabedor ya de que está arrepentida de sus promesas, no desea hacer nada para facilitarle las cosas.

¿Quiere dejarlo? ¿Quiere alejarse, dejando volar por los aires todo lo que dijo, todas las palabras dulces que escribiera durante tanto tiempo? ¿Quiere dar por muertos los sentimientos, su tan proclamado amor? Pues bien, adelante. Pero no será él quien se lo haga fácil...

Ni vá a mirarla, obligándola así a admitir su presencia y a acercarse, ni vá a irse, dejándole la opción de decirse que ella estuvo allí y él no la esperó... nó, no va a ayudarla a darle el golpe de gracia, la estocada final, a una relación construida sobre el castillo de naipes de sus promesas...

¿Cuánto tiempo ha transcurrido, desde que la conociera? ¿8 meses, diez? No lo recuerda bien, pero le parece una eternidad...

Fué una casualidad, diríase, que la conociera. Él no debió estar ahí ese día, en ese momento. Y mucho menos debió volver.

Aquél día, una amiga suya le pidió la acompañara, pues debía ir a la cárcel a visitar a su prima que allí había caído, y no acostumbrada a tales ambientes, temía ir sola. Se sentía obligada a hacerlo a causa de su tía, a quien debía muchos favores, pero no tenía fuerzas  para hacerlo sin alguien a su lado. Él aceptó, pues tenía el mal hábito de decir siempre sí cuando las mujeres le pedían algo, aunque más de una vez tuviera ocasiones de arrepentirse por no haber sabido decir no.

Era un domingo, como éste, que comenzó frío como éste, para volverse a las 11 de la mañana, hora de la visita, candente como un día de verano, cosa propia del clima de desierto. Debieron hacer una larga fila a la entrada, separados, pues hombres y mujeres entraban por diferentes puertas. Un registro corporal -algo grosero para él, francamente humillante para ella- fué la última barrera, y pasaron tras las rejas a un amplio patio. Ubicaron a la prima, a quien acompañaba ya su madre (como madre, llegó más temprano). Una presentación breve, y él se sentó algo alejado, dejándoles conversar, y dedicándose a mirar un lugar, un ambiente, una gente a la que no estaba acostumbrado.

Se veían algunas, como la prima de su amiga, que parecían fuera de lugar en ese sitio, con buen ver, bien vestidas, y con un aire triste, compungido, visiblemente avergonzadas de estar allí.

Sin embargo, al pasar la vista alrededor, pudo darse cuenta de que ésas eran las menos. La gran mayoría se veía ahí sin  complejos, alegres, conversadoras, disfrutando de esa visita, como si recibieran a esas personas en su propia casa.

La hora pasó, se acercaba el término de la visita y la gente comenzó a irse. Entre ellos, una señora de edad, con una pequeña a su lado. Junto a ellas, con una lágrima corriendo por su mejilla, una mujer joven, alta, mucho más que él, con un cuerpo admirable, que la hacía destacar entre las demás.

La miró despedirse de la pequeña, su hija seguramente, y de su madre, que -pensó- no podía ser otra cosa esa mujer mayor. No pudo quitar los ojos de su cutis moreno y de las lágrimas que caían por su mejilla, y la siguió con la mirada hasta que se perdió tras las rejas. Su amiga le tomó del brazo, y mirándole, le dijo que al parecer no había sido tan malo acompañarla. Él se limitó a sonreír, y se fueron.

Demás está decir que al siguiente domingo estaba allí nuevamente, deseando ver otra vez esa mirada triste y todo lo que la enmarcaba. Demás está decir que la morena se dió cuenta de que era observada, por lo que empezó también a mirar hacia él, disimuladamente. Al parecer, no quería que la otra mujer advirtiera lo que hacía, de modo que también él tomó esa actitud. Y se sintió feliz cuando pudo observar una sonrisa, leve, dibujarse más en sus ojos que en su boca.

No fué hasta tres semanas más tarde, cuando la oportunidad se dió. Para entonces, su amiga ya le había contado que esa mujer estaba allí acusada de falsificar unos documentos en su trabajo, y que quien la visitaba no era su madre, sino su "suegra", la mamá del padre de la pequeña que le traía. Era hija de ambos, aunque no estaban casados y se rumoreaba que él la trataba muy mal. De hecho, nunca la iba a ver, sólo le enviaba a la niña. Pero ese día pasaba la hora, y nadie llegaba a verla.

Después de mucho pensarlo, él se le acercó decidido a hablarle, y la abordó con un ¿sola hoy día? que al instante le pareció tonto, y deseó haber dicho otra cosa mejor. A ella no pareció importarle, y le respondió con una media sonrisa en su cara triste, diciéndole que su niña estaba resfriada, de modo que no se la llevarían. Con ello le dió pie para sentarse junto a ella y cruzar algunas frases, pero el tiempo se hizo corto. Demasiado corto, pues la hora de visita ya terminaba.

Se despidieron con un beso en la mejilla, y un roce de sus manos. Esa sensación cálida permaneció por un rato en su cara, pero por mucho más tiempo en su corazón. Ella le gustaba, le gustaba mucho. Y además era alta, más que él. Su sueño de mujer.

Cuando llegó el domingo siguiente, su entusiasmo sufrió un duro revés. Sus visitas habían regresado, y una fugaz mirada de ella le dejó claro que no podría acercarse. ¿Triste? ¿Molesto? No acertaba a saber que sentía, pero se sentó junto a su amiga mirando al suelo, evitando ver al otro lado del patio, hacia aquella morena en la que había pensado toda la semana.

Su amiga y la prima de ésta se rieron alegremente, y al mirarlas, notó que se reían de él. Mas, antes de que alcanzara a enojarse por lo que creyó una burla, su amiga le puso en la mano un papel, y se la apretó afectuosamente, diciéndole "es de ella".

No quería abrirlo, no se atrevía a leer lo que decía, pero al levantar la vista, la vió mirándolo, y adivinó en sus ojos un "léelo"...  y al leerlo se encontró no con una breve nota, sino con una larga carta, en que ella le hablaba de muchas cosas. De soledad, de tristeza, de cómo había llegado ahí, y terminaba diciéndole que si quería escribirle, ella se sentiría muy contenta.  Le brillaban los ojos cuando pidió un lápiz y un papel a su amiga, y no pudo evitar sonrojarse un poco cuando vió que la prima ya tenía todo preparado para que escribiera la repuesta. Mujeres, no pudo evitar pensar, antes de escribir una nota para "su" morena.

Y así empezó una larga sucesión de cartas, que iban y venían ya no sólo los domingos, sino varios días a la semana, porque él buscó la forma de hacérselas llegar -y de recibir las suyas- por medio de alguien que trabajaba allí.

Esas cartas, que al comienzo no pasaban de ser un desahogo para ella, y un deseo de conocerla más para él, terminaron unos meses después por ser portadoras de sentimientos que se decían profundos, que se juraban duraderos.

Las palabras destilaban pasión, y hablaban de lo que sucedería cuando todo aquello se aclarara y pudieran reunirse. Y hubo promesas de juntarse y no separarse más, ardientes promesas de unir sus cuerpos, fervientes promesas de amarse por siempre...

Y cuando ese día llegó, cuando finalmente se demostró la inocencia de la morena y salió de ese horrible lugar, desapareció, toda ausencia y silencio, y con ella sus promesas...

La esperó -en el lugar tantas veces convenido- día tras día, hasta que -entendiendo que ya no vendría- no pudo más, he hizo lo que ella le había pedido tantas veces no hiciera, lo que se suponía nunca tendría que hacer: buscarla. Y buscando, consiguió su teléfono y la llamó una tarde. Su voz sonaba fría cuando -sin preguntas ni cuestiones- le pidió verla. La de ella se oía asustada, cuando aceptó apresuradamente la cita propuesta, temblorosa, cuando le cortó la llamada.


Y allí estaba ahora él, esperándola. Y allá estaba ella, sin saber qué hacer. Y él no quiso ayudarla, en forma alguna, a decidir.


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Al calor del estío

El vehículo, un 4x4 negro, del año, se acerca a la esquina mansamente, al tiempo que cambia la luz del semáforo. El ámbar reemplazó al verde y el rojo sucedió al ámbar mucho antes de que llegara, de modo que se detuvo a cierta distancia del paso de cebra.

No había muchos peatones esperando cruzar, en aquella tarde de estío de calor sofocante. Sólo uno. Una chica. Un veinteañera que, con la despreocupación propia de sus años, comienza ahora a cruzar la calle.

Viste una tenida veraniega, adecuada a la alta temperatura reinante. Una ligera y corta blusa cubre de blanca gasa la perfección de sus senos, al tiempo que deja libre un vientre plano, liso y dorado por el sol, al descubierto casi hasta su final, gracias al short rebajado de caderas que completa su atuendo.

Es un short color damasco, breve, muy breve, del que nacen dos largas, muy largas piernas, que se estiran perezosamente hasta dos pequeños y delgados pies, calzados con sandalias griegas. Las finas correas de las sandalias trepan graciosamente, enrollándose hasta casi llegar a sus rodillas.

En las muñecas lleva un sinnúmero de pulseras, que se mueven holgadamente al compás de sus pasos.

Su cabello, naturalmente rubio y recortado justo al comienzo del cuello, acrecienta su aspecto de modelo de revista.

En una de sus manos lleva un cono de helado. Una precaria torre de copos de helado de diversos sabores, que equilibra con destreza para evitar su caída. Goterones de helado derretido escurren cono abajo, para ser capturados por su rosada y grácil lengua, que continúa luego su camino hacia arriba, llenándose de los ya mezclados sabores, los que lleva a su boca para saborearlos con fruición.
Su cara refleja el placer sensual que le producen, mientras su lengua aparece entre sus labios por otra porción más.

Dentro del vehículo, unos ojos entrecerrados observan con detenimiento esa escena, que en segundos transcurre frente a ellos. La ven caminar con total despreocupación, la ven saborear ese helado, la ven en toda su triunfal delgadez, en su insultante perfección.

Y entonces, una mano regordeta toma la palanca de cambios y pasa la marcha, al tiempo que un pié, grueso y torturado por un zapato que apenas lo contiene, se hunde hasta el fondo sobre el acelerador.

El vehículo dá un brusco salto hacia adelante, hacia la muchacha que -sin apenas tiempo para advertir lo que sucede- recibe el brutal golpe y vuela, con su cuerpo en un ángulo imposible, para caer más allá sólo segundos antes de que el negro monstruo pase por sobre ella.

La mujer tras el volante, al sentir que una de las ruedas pasa por encima de una de aquellas largas piernas, masculla con rabia:

- Por qué no comes helado ahora, flaca maldita!!


El automóvil ha dado vuelta a la esquina, y cae el silencio sobre la calle.
Sobre el ardiente pavimento, un resto de helado se convierte en agua, con la misma lentitud con que la sangre -y la vida- se escapan del cuerpo allí tirado.

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Desconsoladamente

La noche es fría, como son todas las noches en esta ciudad, perdida en medio del desierto.

En las calles, solitarias a esa hora, no se siente más ruido que el de sus pasos, y el rumor lejano de cien televisores, que transmiten un partido de fútbol. Mismo partido que es el causante de que no haya un alma fuera de sus casas.

La selección nacional juega esa noche, y todo mundo está pendiente de ello.

Todo mundo menos él, que con rápidos pasos se dirige a su destino. No es que no le interese el partido. Por cierto que le interesa, y por cierto que como todos, quisiera estar junto a una parrilla, comiendo carne asada y bebiendo cerveza tras cerveza, sin quitar los ojos de esa pantalla. Como hace todo el país.

Pero no puede. No puede perder esta ocasión. El dato que le han dado es demasiado bueno, para dejarlo perderse.

Su mujer ha sido quien le contara que esa noche, durante el partido, en una casa que estará vacía y cerrada, habrá guardada una gran cantidad de dinero, proveniente de las ventas de toda la semana. El partido es la causa para que el encargado no haya ido a guardar el dinero en la caja, como de costumbre. No habría alcanzado a llegar antes de que el contador se fuera, ya que hoy todos se han retirado más temprano. De modo que hubo de dejarla allí, en su casa, hasta el día siguiente.

Y el partido, ¿cómo no?, es también la causa de que no haya nadie que vigile el dinero, ya que el encargado se ha comprometido a ir el asado con todos sus compañeros, a casa del jefe.

Aún su mujer estará allí. La ha enviado sola. Se justificó para no ir diciendo que está enfermo, entre continuos lamentos por perderse el asado. Y ella, claro, se ha ido. Él insistió en que lo hiciera. "No puedes desairar a tu jefe, anda sin mí, anda, que yo me quedaré en cama y seguro ya estaré mejor para mañana". Como si no le interesara realmente, la ha hecho contarle los detalles acerca de esa casa. Y ha recordado que la conoce, que queda en una calle apartada, y que sería fácil entrar por una ventana. Estuvo allí una vez, acompañandola a ella a una fiesta de cumpleaños.

Y eso, la buena ocasión, el hecho de conocer el lugar y el interior de la casa, lo han llevado a idear este plan para robar el dinero. Lo necesita. Ella no lo sabe -ni lo sospecha siquiera- pero sus deudas son demasiado grandes. Ha jugado y perdido demasiadas veces y el plazo para responder ya se le acaba.

¿De dónde vá a sacar el dinero? es la pregunta que lo ha agobiado las últimas semanas. Y cuando ya desesperaba por no haber encontrado una solución, su mujer se la ha entregado en bandeja de plata.

¿Quién vá a pensar en él? No sabe a ciencia cierta cómo es que ella se ha enterado de tantos detalles, pero no le importa. Alguna otra se lo habrá contado, que ya se sabe que las mujeres nunca se guardan nada.

Un fuerte grito lo sobresalta, pero le vuelve la calma al darse cuenta que es un "gooooolllll" que resuena en decenas de gargantas. Bien!, piensa. Si van ganando, nadie querrá alejarse de los televisores, y tendrá tiempo y ocasión para terminar la faena, sin problemas.

No le preocupa su mujer. Sabido es que en estos casos, gane o pierda el equipo, habrá ocasión para seguir bebiendo al término del partido, y no habrá quien la lleve temprano a casa. Tendrá que esperar hasta que alguien que tenga auto se vaya, para que la traigan. Tendrá tiempo suficiente para el robo, para regresar y para esconder el dinero, antes de que llegue.

Al fin, se acerca a su destino, es allí, a la vuelta de la esquina. Ha debido venir caminando, porque es difícil encontrar un taxi en estas circunstancias, y cualquier conductor recordaría a un hombre que se sube a su auto durante un partido como ése. No puede cometer errores. No puede darse ese lujo. Todo debe ser perfecto.

Sus pasos se detienen. Ahí, ésa es la casa. Pero nada más verla se ha quedado frío, sorprendido. Eso no se lo esperaba, ¿cómo iba a saberlo? Algo ha cambiado, "¡los malditos han puesto rejas en las ventanas!"

Siente que algo se rompe dentro suyo, lo invade la desesperanza. Ya contaba con ese dinero, ya se imaginaba con esos billetes entre sus dedos, hasta se había hecho la ilusión que podría incluso sobrarle para pagar la deuda, y así quedarse con algo para él.

Levantó el rostro para mirar nuevamente las enrejadas ventanas, y al verlas, sintió rabia, mucha, profunda rabia.

Y apretó los dientes, las manos, y sin pensarlo se acercó a la más próxima, la tomó y empezó a tironearla. "¡Maldita sea, maldita reja!", se decía. Y volcó contra ella toda la frustración acumulada.

De pronto, algo crujió, y sintió que cedía bajos sus manos.

Miró, y la esperanza renació en su corazón, y brillaron sus ojos: allá, en la esquina superior, la reja se había aflojado. No la fijaron bien a la pared, y ésta se había derruido un poco. La tomó esta vez desde más arriba, y haciendo fuerza con los pies, consiguió abrirla lo suficiente para que pase su cuerpo.

Recién entonces recordó dónde estaba, y qué hacía, y miró austado a su alrededor. Pero la calle seguía vacía, silenciosa si se puede decir, con el ruido sordo de los comentaristas transmitiendo el partido, como música de fondo.

"Todo está bien", se dijo, "aún puedo hacerlo, no he perdido tanto tiempo".

Sacó un pañuelo que llevaba, se envolvió la mano, y golpeó el vidrio para quebrarlo. Lo había visto hacer en alguna película, era fácil. Pero dió uno, dos, tres golpes, y nada. No se quebraba. Otra vez la angustia, otra vez un sollozo queriendo brotar por su garganta, "nada me resulta", otra vez la rabia que asciende por su interior y olvidando todo, dónde estaba, los vecinos, el no hacer ruido, le dió un soberbio golpe a la ventana.

No sonó fuerte al quebrarse, pero sí al caer al suelo los pedazos, haciéndose añicos. El sonido lo hizo encogerse, como si hubiese recibido un golpe, apretó los dientes, cerró los ojos... y nada. Nada se oía, salvo un "y avanza por la derecha, la toca, no puede, se la quita Solar, tirayyyy saque de esquinaaaaa", seguido por el ruido de los que habían aguantado la respiración, durante esa jugada.

"Ya, ahora, pensó", metió la mano, quitó el pestillo de la ventana, y trepándose por la propia reja, se introdujo con dificultad en la casa, rasguñándose el cuerpo contra la pared. Apenas si entraba por ese espacio.

Cayó hacia adentro, de cabeza, y sus manos al intentar apoyarse, se encontraron con los vidrios que estaban en el suelo. Aguantó el dolor y rodó por el piso. No veía nada, menos podría ver lo que le pasó en las manos.

Esperó allí agazapado, un minuto que le pareció una hora, hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Recorrió la habitación con los ojos, distinguió un par de puertas, y una escalera. "El segundo piso", pensó. "todos los tontos guardan el dinero en el dormitorio, seguro que lo dejó bajo la cama".

Y hacia allá fué, lo más aprisa que pudo. De más allá de una de las puertas se escuchó ladrar a un perro, grave, fuerte. "Parece ser grande, tampoco estaba cuando vine, mierda, ojalá y esté en el patio y no dentro de la casa".

Subió los escalones de dos en dos. Recordaba dónde estaba el dormitorio principal, pues en aquella fiesta lo habían usado de guardarropa, y tuvo que ir a buscar el abrigo y la cartera de su mujer.

Perdidos los temores, seguro ya del éxito, avanzó sin fijarse en ninguna cosa que no fuera llegar a donde iba, pronto. Había algo en el suelo, y casi tropieza, "¿ropa?", atravesó la puerta entreabierta, y con la izquierda manoteó el interruptor de la luz en la pared. La luz se encendió, iluminando el dormitorio y dejándole ver una cama matrimonial, a medias desarmada, desde la que le miraba una mujer, espantada, y las espaldas de un hombre que, sobre ella, seguía embistiéndola, sin enterarse aún de nada.

Mil imágenes pasaron por sus ojos, en esa fracción de segundo que tardó en reaccionar y apagar la luz, y no todas ellas pudieron entrar en su mente en ese instante, ni cuando corría escaleras abajo, en la oscuridad, ni cuando de un solo salto atravesó la ventana y la reja, ni aún cuando dobló la esquina en una carrera alocada y sin fin.

Sólo cuando se dejó caer sobre el escalón de la entrada, al llegar a su casa, su cerebro fue capaz de interpretar lo que había visto, sólo entonces fue capaz de darse cuenta: la cara de la mujer que había visto allí, en esa cama, debajo de aquél hombre, era una cara conocida, demasiado conocida, era la de su propia mujer...

Y, mientras en un lejano lugar un árbitro daba el pitazo final, y miles de voces se alzaban aclamando el triunfo de la selección, él, escondiendo el rostro entre sus manos, lloró.
Lloró desconsoladamente...

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El Buen Samaritano

Es casi mediodía, y el sol golpea fuerte sobre las espaldas de la gente que, apresurados unos, indolentes otros, circulan por las calles del pueblo a esa hora.

Es un pueblo medio olvidado, que vive más de recuerdos de pasadas glorias que de otra cosa. Sus viejas casonas de pino Oregón, la plaza, de resecos y desnudos árboles, y los abandonados -y ha tanto tiempo inútiles- lanchones maulinos anclados en la rada, le confieren un aire romántico.

Es poco el ruido que hay en sus calles, como escasos son los vehículos que por ellas circulan. Más bullicio hacen las gaviotas, los cormoranes y piqueros, que sus habitantes.

Por la avenida principal, o mejor dicho por su única avenida, tan poco poblada como el resto, camina una mujer con paso vivo, que no se condice con su pobre aspecto y su cansado rostro. Sus vestidos reflejan pobreza, mas no descuido. Ni un roto, ni un descosido, ni nada de sucio hay en ellas, y su cabello, si bien largo y algo enmarañado, se ve limpio.

Su rostro refleja tristeza, a pesar de la media sonrisa dibujada en sus labios. En su mano aprieta tres o cuatro monedas -todas las que tiene- con las que piensa comprar arroz, para alimentar a sus pequeños hijos. Es pobre, y el poco dinero que llega a conseguir se hace nada, se desvanece como sal en el agua, y de poco sirve ante las tantas necesidades que debe atender.

Esa sonrisa tenue que lleva se debe- tal vez- a que se siente tranquila, porque sabe que bastarán esa monedas para alimentar a sus chicos hoy, y aún mañana. Y es que en el almacén al que se dirige ahora, con sus ligeros pasos, ha encontrado -hará un par de semanas- un arroz baratísimo, que le permite comprarlo con su escaso dinero, y aún le deja algo para alguna verdura con que acompañarlo.

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Lo encontró un día en que, con pocas esperanzas y menos monedas, entró a ese almacén. Alguien le dijo que allí vendían las cosas más baratas, y que valía la pena recorrer todo el pueblo para llegar hasta él. Sin embargo, cuando entró y se enfrentó a los dos muchachos que allí atendían, sintió que perdía la confianza. Los precios que se veían allí, sobre las estanterías, eran más bajos, sí, pero nunca lo suficiente para que estuvieran a su alcance. Menos aún en ese momento, en que llevaba apenas nada.

Los muchachos la miraban, esperando que hablara, que dijera algo, examinando tal vez su aspecto macilento y su ropa vieja, quizá si deseando que se fuera. Pero venció su vergüenza, y con una voz débil, preguntó por el precio del arroz.

El mayor de ellos le contestó -con voz amable- diciéndole una suma que no podía pagar. Ella apretó los labios al oírlo. Era casi lo mismo que en todas partes, un valor mayor de lo que podía pagar. Hizo ademán de irse, pero el muchacho volvió a hablarle, esta vez para decirle que, si quería, podían venderle la mitad, o aún un cuarto de kilo. Ella hizo la resta, y ni así era suficiente lo que tenía, de modo que se volvió para salir, con la amargura pintada en el rostro.

Sólo entonces el otro dependiente le habló, con el tono de quien propone algo que no cree sea aceptado, pero con clara intención de ayudarla.
- Tenemos un arroz más barato. Mucho más barato, pero no es bueno.
Ella le miró por sobre el hombro y él, al ver que había captado su atención, le explicó;
- Es un arroz muy pequeño y quebradizo, casi no viene ninguno entero.
Ella le seguía mirando, sin decir nada, intentando imaginar ese arroz, intentando no hacerse vanas ilusiones.

El primer muchacho intervino entonces, para agregar que lo tenían hace mucho tiempo, porque nadie quería llevarlo, que sólo podían vender el paquete completo, pero que era de medio kilo, y que valía sólo unas monedas.
Ella lo escuchó decir estas palabras con la mirada fija en sus ojos, como si quisiera entrar en ellos y descubrir si se estaba burlando, si todo era una mala broma. Pero él no se reía, ni sus ojos tampoco. Y el otro chico traía ya en la mano un pequeño paquete de arroz, y se lo mostraba. Y el grano era chico, sí, y quebrado en mil trozos que llenaban la bolsa transparente, que nada ocultaba.
Lo siguiente que ella miró fueron las monedas en su propia mano, ahora abierta, y eran las necesarias y suficientes para comprarlo. No supo bien cómo las entregó, ni como recibió el paquete, ni cómo llegó a su casa con él apretado contra el pecho.

Pero allí lo abrió, y cocinó ese arroz para sus niños, y pudo alimentarlos, y pudo sonreír al verlos.

-

Ahora vá nuevamente al almacén, como ha hecho estas dos semanas, a comprar más. Lleva sus monedas en la mano, como de costumbre, y camina quizá si más ligero que antes.

Entra al almacén, y confiada, sonriente, pide su arroz (los muchachos saben ya cuál, y se lo darán enseguida, alegremente, como hicieran nada más antesdeayer).

Pero esta vez no es así. El mayor la mira de forma extraña, y le dice con voz grave:
- Ya no nos queda. Lo siento, se lo llevaron todo.

Ella lo mira, como si no entendiera.
- "¿Todo?" se pregunta para sí misma, "pero si no lo compraba nadie, era mi arroz, sólo para mí, mi arroz."

Sin embargo, ve ahora reflejarse la tristeza en la cara de él, y comprende que es cierto, que ya no hay, que ya no habrá más arroz pequeño, quebrado y barato para ella, para sus hijos. Baja la vista, y se vá. No es primera vez que vé caer en pedazos una esperanza, es sólo una más. Y se va caminando lentamente, demasiado lentamente. Si se hubiera ido más rápido, si no se hubiera tardado tanto en aceptar le realidad...


Pero lo hizo, se tardó.
Y esa tardanza fue fatal, pues a la pena que sentía, se le agrega ahora el dolor, un dolor que se vé, que se trasparenta en toda ella, cuando escucha al otro muchacho decir:

- Sí, se acabó todo, vino un señor buscando algo para cocinarle a sus perros, y mi patrón le dijo:
- Ahí tengo ese arroz malo, que nadie quiere comprar, lléveselo todo y le hago un descuento.
Nosotros le dijimos que usted lo compraba a diario, pero no nos hizo caso. Y el señor aceptó y se lo llevó, para los perros.

La mujer salió, sin saber cómo, a la calle. Tal vez fueron las lágrimas en sus ojos que no le permitieron ver, o bien fue el dolor que sentía lo que la hizo tropezar con el letrero que, en la calle, anunciaba las ofertas del almacén. En ese letrero se destacaba también su nombre: El buen samaritano.


Como cada mañana...

Como cada mañana, el viento frío golpea su rostro. Como cada mañana, él se arrebuja en su parka y se cala más el gorro, para no perder el calor. Como cada mañana, espera en esa esquina la llegada del bus, que ha de llevarlo a su trabajo.

Sin embargo, esta mañana algo es diferente, algo no es lo habitual.

Esta mañana se levantó demasiado temprano, pues no podía dormir. Mil vueltas en la cama no le ayudaron en nada, y comenzaban ya a incomodar a su mujer que, despierta a medias, rezongó algo ininteligible, y se cubrió la cabeza con las frazadas.

Se levantó, tanto para no molestarla, como para buscar algo que hacer…

La ducha acostumbrada, la afeitada y el arreglar el bolso, como cada mañana, no le tomó más tiempo que el habitual, y así es que allí está ahora, como cada mañana, en la misma esquina, esperando el mismo bus, con la sola diferencia de que hoy es mucho más temprano, y tendrá que esperar más… media hora más.

Es un domingo, y a esa hora, las cinco treinta de la madrugada, no se ve a nadie por la calle. Una calle de barrio por la que, en una hora más, como cada mañana, llegará en su busca un bus, para llevarlo a su trabajo.

El sonido de un motor lo hace voltearse, a tiempo de ver un auto, un taxi colectivo, llegar a la esquina. De él baja una muchacha, una joven, poco más que una quinceañera, que se acerca hacia él, camino de su casa.

Él la observa sin interés, con una mirada vacía, como si no hubiera advertido la turgencia de sus pechos jóvenes, y la sombra de sus tiernos pezones, bajo el apretado top de blanca lycra. La mira indiferente, pese a sus firmes y torneadas piernas, mal cubiertas por una minifalda. Sin embargo, tal vez su mirada no sea tan vacía, tan indiferente como pensaba, ya que la muchacha, al verlo, decide cruzar la calle, para poner distancia.

El viento, que vuelve tras unos minutos de calma, llegando por detrás levanta su falda, descubriendo la piel rosada y la redondez de sus nalgas, entra las que apenas se adivina un negro trozo de encaje. Sorprendida, avergonzada, baja sus manos para cubrirse, para sujetarla, sin dejar de avanzar hacia su casa.

Sin embargo, esos escasos segundos, esa fugaz visión, no han pasado inadvertidos, ni han dejado de tener consecuencias: el rostro de él ha cambiado, refleja algo oscuro, desconocido hasta entonces, que ha despertado en su interior, algo oscuro que impulsa a sus pies a seguirla -sin que él lo busque ni lo quiera- algo oscuro que impide a sus ojos desviarse del movimiento de su ahora aprisionada falda, y a sus oídos escuchar otra cosa que el rítmico sonido de sus tacos.

Más que verlo, lo siente ella acercarse, y apura el paso, camina más rápido pero –en el silencio de la noche- oye claramente que él hace lo mismo… Por primera vez, desde que sale sola a fiestas y vuelve tarde a casa, siente temor. Por primera vez, le parece escuchar los consejos de su madre, y recuerda entonces que le mintió al decirle que la vendrían a dejar a casa. No es la única vez que le ha mentido (¿quién querría traerla?), pero sí es primera vez que siente culpa, que se arrepiente…

La mente de él en cambio, en esos pocos segundos, va por muy distintos caminos: calcula la distancia hasta ese sitio eriazo, a mitad de cuadra, donde un viejo árbol, y un auto abandonado, le parecen el mejor lugar para tumbarla, para desnudarla, poseerla y gozarla, para hacer suyo, completamente suyo, ese cuerpo joven, caliente, palpitante. No cabe en sus pensamientos lo que hará después de saciarse de ese apetito irracional, no piensa en ello, no piensa en nada.

Sus pasos se apresuran más, los de ella también. Vuelve sólo un instante la cabeza y lo ve allí, tan cerca, que siente su corazón inundarse de miedo, y –soltando su mini- echa a correr… Él la sigue, con fría determinación, sin pensar, sin sentir, con sólo ese turbio propósito grabado en el más oscuro rincón de su alma, alejado de todo lo que no sea ese cuerpo vibrante, que intenta escapar de él…

En ese momento, no le importa nada, no le importa que lo vea alguien, no le importa si lo atrapan, no le importan ni su esposa ni sus hijos, que duermen en casa. En su mente sólo una idea cabe: poseerla, tomarla, forzarla, hacer suya esa carne joven, y luego… nada… no hay nada después de eso, sólo un negro vacío…

Su carrera les ha llevado ya junto al árbol, como lo calculaba. Es el momento, la ocasión de hacerlo. Estira su mano, sujeta ese hombro desnudo, con fuerza, y se detiene bruscamente, deteniéndola también a ella, casi botándola, volviéndola hacia él. Puede ver entonces su rostro, desencajado por el miedo; puede sentir bajo su mano la húmeda piel, puede verla allí, pálida de terror; escucha brotar, de entre la mueca que forman sus labios, en un sollozo entrecortado, un ahogado “no…”

Y entonces, algo se quiebra, se rompe, en su interior… y la suelta… y sigue mirándola, pero ya sin verla… la oscuridad que hace unos momentos despertara, creciera y se desbordara, ha vuelto a dormirse, ha vuelto a perderse en las profundidades de su alma…

La muchacha, a pesar del miedo que la embarga, a pesar de que se sentía ya perdida, advierte el cambio en su mirada, nota la diferencia, y sin pensarlo más, vuelve a correr… corre, esta vez sin sollozos ni lágrimas, corre, hasta perderse tras la esquina, corre, hasta su casa…

Él, sigue allí. Lo que ha vivido, no lo vivió. Lo ha olvidado todo. Su mirada va hacia atrás, hacia la parada del bus y, extrañado de no estar ahí, extrañado de ver su bolso allí botado, vuelve sobre sus pasos, lo recoge, y espera. Espera, como siempre, como cada mañana, que sea la hora de irse…

Nada ha cambiado. Todo es como cada mañana. La calle vacía, como cada mañana. El bus que llega, y lo recoge, como cada mañana. Los mismos rostros, el mismo chofer, como cada mañana…

Al doblar la esquina, después de un par de cuadras, escucha el eco lejano de una sirena, tras la ventana se adivina el reflejo de luces azules y rojas… pero ya el bus se aleja, como cada mañana… Su vida es sólo una rutina…

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