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Un error de lectura

Cuando enfrentó esa calle, y la vio empinarse sobre la pronunciada ladera del cerro, plena de sol veraniego, cuando miró el pedregoso suelo reseco por el calor, le pareció una tarea demasiado ardua –diríase imposible- el recorrerla cuesta arriba, yendo casa tras casa, golpeando puerta tras puerta.
Su trabajo consistía en una tarea que a la mayoría le parece insignificante, y que es –definitivamente- ingrata: debe leer el medidor de consumo de agua, en cada casa del barrio que le asignen. Este cambia cada mes, en una larga rotación que le lleva a recorrer la ciudad, en toda su extensión, cada tres o cuatro meses. Son horas y horas de caminar, de golpear puertas, de encontrarse con gentes no siempre amables y –no pocas veces- también con gente que le enrostra el alto costo del agua, gente que le insulta y hasta le agrede, al ver en él personificada la empresa que –inflexible- exige el pago de sus deudas. No toda la gente es así, es verdad, pero es tan poca la que le trata en forma agradable, que se pierde entre las demás.
Ese día no había sido bueno. Para nada. Pasó por varios disgustos y aún un hombre intentó pegarle, indignado por el hecho de que le llevara una nueva cuenta (que se agrega a las que no ha podido pagar), siendo que hacía un mes que le habían cortado el suministro de agua. Es lo malo de que le tocara un sector de la periferia: allí la gente tiene menos dinero -o no lo tiene, simplemente-, muchas calles no tienen pavimento y a quienes son como él se les mira casi como a un enemigo.
Por eso, al verla abrirse frente a él, lamentó profundamente el no haber advertido antes –el barrio es desconocido para él- esta calle agreste. De haberlo sabido, habría comenzado por ella, temprano en la mañana, cuando el sol no castiga tanto como al mediodía y el ánimo todavía no ha decaído tanto. Son ya cerca de las tres de la tarde, y sobre la ladera del cerro –como sobre su espalda- el calor se hace insoportable.
Sin embargo, no hay nada que no pase, llegado su momento. Y así es que a pesar del sol, de la tierra, de las piedras del camino y las malas caras, llegó finalmente al final de la calle. Sólo le restaba una casa, la última, colindante con la ladera. Terminaba con esa y podría regresar a la oficina, llenar los informes diarios y volver a casa. Él nunca almuerza, por propia elección, precisamente para terminar más temprano y poder irse. Almorzar le significaría salir cuando menos dos horas más tarde.  Y para ese hombre, para ese joven de recientes 18 años, es importante tener algo de tiempo para hacer algo, para sentir que vive.
Se paró frente a la puerta, la última puerta de ese día, y la encontró abierta, de par en par. No es algo inusual en estos barrios el que las puertas permanezcan sin cerrar todo el día, así como que las ventanas no tengan vidrios, y sólo una cortina separe el interior del exterior. La mayoría de la gente que en ellos vive procede del sur, del campo, donde nadie cierra nada, y los vecinos saludan al pasar a quienes desde dentro de la casa observan el ir y venir de la gente. Sus compañeros de trabajo, bastante mayores y por mucho más conocedores de su trabajo –en el que llevan años- le han dicho que en estos casos, cuando la puerta está abierta y nadie responde a sus llamados, debe entrar sin más, anunciándose, para ser atendido.  O bien, acercarse a una ventana y descorrer la cortina, para ver si hay alguien dentro.  Esto, que a él parece punto menos que imposible, es costumbre para ellos, que lo hacen aún sin necesidad. Le han dicho que así han conseguido ver, no pocas veces –en medio del verano- a alguna muchacha tendida en su cama en ropa interior, viendo televisión, o bien a alguna mujer de más edad, en plena faena de descuidado cambio de ropa. 
Pero él no podía hacer esas cosas. Va contra la forma en que lo educaron, y además se moriría de vergüenza si se encontrara con una mujer a medio vestir. No es que a su edad no haya hecho de todo con más de alguna chica, pero no le parece propio irrumpir en la intimidad de una mujer  de esa manera. De modo que se quedó ahí, frente a esa puerta, frente a esa casa, la última que le falta. 
No sabía qué hacer. Había golpeado varias veces. Había gritado más de una vez –a la usanza del campo- un “alooo”, con la voz más fuerte que ha podido. Pero no parece que haya nadie en esa casa de dos pisos, la más imponente de toda la cuadra, de cuyo interior no se ve sino un largo pasillo, que discurre desde la entrada hasta una habitación vacía, una docena de metros más allá. Aparte del vano de dos o tres puertas que se abren a ambos costados, no se aprecia nada más. Eso lo inquietó. ¿Qué hacer? Aun cuando se fuera sin leer lo que marca el medidor, tiene que entregar la cuenta del mes anterior. Y su jefe le hará volver al día siguiente, sin importar cuán lejano esté el sector que entonces le corresponda. 
Pensando en esto, finalmente se decidió a entrar. No había dado más que dos o tres pasos, cuando apareció desde una de aquellas puertas una jovencita, que se sorprendió al verlo en el pasillo. Era una  muchacha atractiva, e iba vestida de acuerdo al calor reinante, con una pequeña camiseta que poco la cubre y una faldita de algodón todavía más breve que aquella. Y, cosa que es evidente, bajo esa camiseta no hay más que su piel.
Él se atropelló tratando de explicar a que iba, y por qué entró de esa manera, pero la muchacha sólo le sonrió y lo hizo pasar, diciéndole que el medidor del agua ha quedado instalado dentro del dormitorio, cuando su madre hizo remodelar la casa.  El joven la siguió, dispuesto a hacer su trabajo e irse a descansar, por fin. 

La muchacha, en tanto le abría camino, gritó:
- Mamá, veeen. Que vienen a ver el agua.
- Pero velo tú niña, qué tanto grito - se escuchó lejana la respuesta-
- Mamá, ven. Es que tienes que ver algo.
Al darse cuenta que el joven está mirando alrededor, en busca del hasta entonces invisible medidor, le dijo –con una inocente sonrisa-:
- Quedó ahí, dentro de ese closet.
¿Dentro del closet? se preguntó para sí mismo, pero allá fue, abriendo la puerta corrediza del enorme closet que cubre la pared, para encontrarse con mucha ropa, y con una  veintena de pares de zapatos, en el lugar en que se suponía estaría su objetivo.

Al volverse a mirarla, para preguntarle de qué se trata todo esto, se encuentra con que la mamá ya ha llegado, y que está mirándolo de arriba abajo, como si le estuviera poniendo precio. Debe tener unos cuarenta años, pensó él, pero qué cuarenta. Esa es la impresión que le dio su cuerpo pleno de curvas, para nada ocultas por un revelador camisón negro, y ese escote que –de por sí- fue más que suficiente para dejarlo sin habla. La ropa interior que bajo la traslúcida tela se veía claramente, era tan breve como transparente.
No supo qué decir, y nada dijo. Sólo se quedó mirando a esa mujer que le devolvía la mirada, y que con una sonrisa, le decía a su hija:
- Tenías razón. Valía la pena venir. Es lindo. 
Él sintió que sus mejillas se acaloraban, y se dio cuenta de que se había ruborizado sólo un instante antes de que la muchacha dijera:
- Mira, lo hiciste ponerse colorado.
Y rieron las dos de buena gana, mientras él no sabía qué hacer, ni que decir, ni dónde poner los ojos para quitarlos de encima de ella.
No supo cómo le salió la voz, una voz temblona, para decir:
- Necesito leer el medidor del agua.
La mamá de la chica, con una cálida sonrisa, le respondió:
- Está ahí, donde le dijo mi hija. Debajo de los zapatos.
Y allí fue él, y de rodillas en el suelo comenzó a apartar zapato tras zapato, y le parecía que no se acabarían nunca. 
Escuchó entonces la voz de la mamá, muy cerca de él, diciéndole:
- Joven.
Al voltearse para mirarla, se encontró con que ya no estaba en la entrada de la habitación, sino junto a él, muy junto a él. E inclinada de tal manera que lo único que podía ver eran sus grandes tetas.
- Joven, no me maltrate los zapatos, ¿quiere? Son caros.
Levantó un poco más los ojos y encontró su cara, con una sonrisa que pretendía inocencia, mucho más cerca de lo que esperaba.
Se volvió, con un:
- No, señora.
Y continuó en su tarea. Cuando por fin terminó (tras un par de minutos que le parecieron años) y la trampilla apareció en el suelo frente a sus ojos, escuchó de nuevo:
- Joven, oiga, joven.
Esta vez se volteó con más cuidado, temeroso de la vista que le esperaba, pero antes que ver nada escuchó unas risitas, que lo alarmaron más de lo que ya estaba.
Y las risitas venían de las otras hijas de la señora, que ahí estaban también, mirándolo, enfundada una en un mínimo short y una holgada blusa, y la otra (la mayor) imitando el atuendo de su madre, con el agravante de que nada sostenía sus pechos bajo la transparente tela.
- ¿Viste que es lindo? –dijo la menor (la que le había recibido al llegar).
- No –dijo la hermana mayor- no es que sea lindo, es que está riiiico.
- Yo me lo comería –dijo la del short-, ahora mismo.
- Chís!, pónganse a la fila – habló la mamá.
- Oigan, yo lo ví primero – terció la más pequeña, con tono de berrinche.
- Bah, pa’ qué nos llamaste entonces pues, te lo hubieras comido calladita -dijo la segunda-. Ahora respeta a tus mayores y espera tu turno.
Su rostro estaba rojo como un tomate cuando se volvió hacia la trampilla, la abrió de un tirón y –en la penumbra reinante dentro del closet- más adivinó que leyó lo que marcaba el medidor. Anotó la lectura en la gran libreta de registro que llevaba, y cerrando la trampilla hizo ademán de levantarse, pero  no alcanzó a hacerlo: lo detuvo la voz de la mamá de aquellas muchachas, que le decía con tono serio:
- Me imagino que no pensará dejarme todo desordenado, ¿no?
Él miró hacia atrás por el rabillo del ojo, y vio una muy cercana muralla de piernas, ocho hermosas piernas, cerrándole el paso, de modo que empezó a poner los zapatos de vuelta en el rincón del closet, rápidamente. Mientras esto hacía, escuchó unos murmullos conspiradores, un roce suave y unas risitas contenidas. Cuando terminó de ordenar y se volvía para levantarse, algo rozó su mejilla y cayó sobre su hombro, algo perfumado que resbaló por su brazo hasta el suelo: un triángulo de tela y encaje negro. Un triángulo que minutos antes había visto –y muy bien- al final de unas torneadas piernas. Se quedó helado. Y escuchó entonces las voces de aquellas malvadas, que se burlaban de él, diciendo
:
- Ay, si se puso nervioso, pobreciiito.
- Así se ve más rico todavía…
- No tengas miedo, m’ijito, si yo te voy a cuidar bien... (dijo la mamá)
- Yo me voy a comer a besos esos labios tan rojitos…
(Sólo mucho después notaría que sintió el roce de sus pechos contra sus brazos, y una mano fuerte que le agarraba el trasero, al pasar por entre ellas hacia la puerta, mientras lo perseguían sus risas…)
No fue sino hasta que había corrido unas cuatro cuadras calle abajo, cuando se dio cuenta de que había cometido un error: no les había entregado la cuenta del mes. Tendría que volver. Tendría que volver, pero ¿cómo? No quería pasar por nada de eso de nuevo.
Desandar el camino se le hizo eterno, y la pendiente de la calle aparecía aun más pronunciada. Cuando finalmente llegó a la puerta, pasó largos minutos frente a ella, en silencio. Ni un ruido provenía de la casa, y hasta parecía que nada de lo que acababa de vivir hubiera sucedido realmente. La misma paz que cuando llegó la primera vez. Nada, ni un ruido.
¿Qué hacer?
Recordó entonces que todas ellas habían llegado de algún lugar al interior de la casa, y que en la habitación en que había estado, la primera de la derecha, no había nadie hasta que la muchacha le llevó allí. De modo que con pasos rápidos y evitando hacer ruido, se adentró por el pasillo, se asomó al dormitorio y –viéndolo vacío- dejó la cuenta sobre el primer mueble que encontró a mano. No pudo evitar, antes de salir, dar una mirada alrededor. Nada indicaba que algo hubiera sucedido allí pocos minutos atrás.
Salió de la casa, y se fue tan rápidamente como la primera vez. Al doblar la esquina, sin embargo, dio una última mirada calle arriba, y tuvo un sobresalto. Le pareció que, afirmada del marco de la puerta,  una entristecida chiquilla lo miraba alejarse…
-.-
Al mes siguiente, uno de sus compañeros lo llamó aparte, en la oficina, y lo reconvino, por haber ido a esa casa. 
- ¿No ves, idiota, que todas las lecturas del último año tienen el mismo consumo? ¿Cómo no te ibas a dar cuenta de que ese medidor está malo? Nosotros, para no perder dinero, cuando vamos a esa calle le ponemos una lectura falsa a esa casa, le vamos sumando los mismos 8 metros cúbicos todos los meses, y todo el mundo está contento. La cuenta simplemente la tiramos dentro por la ventana. Ahora tú fuiste, encontraste gente en una casa donde nunca hemos encontrado a nadie, y traes una lectura tan diferente a lo que hemos puesto, que el jefe me ha mandado a mí a revisar que pasó. Y a mí me tocaba el otro extremo de la ciudad, pero por ti tendré que perder tiempo yendo hasta allá.
El joven, algo compungido y disculpándose (por no haber advertido algo que no tenía como advertir), le contó entonces lo que le había visto en aquella casa, y lo que le había pasado, con el fin de que -entusiasmado con la idea de ver mujeres semi desnudas- ya no lo molestara más.
Al día siguiente, aquél compañero llegó más enojado aún que el día anterior. Había ido a la casa, pero no había encontrado a nadie, pese a que fiel a sus costumbres, entró sin dilación. Se consideró burlado, creyendo que la historia que le contó era falsa, y en venganza le dijo al jefe que la lectura estaba equivocada, que había sido un error del novato, y que la lectura era otra, una que sí se correspondía con lo que era habitual cada mes. Eso le valió una multa y un largo sermón.
Cuando, meses después, le tocó volver a ese barrio y a esa calle, aunque  hizo lo que tenía que hacer y agregó 8 metros a la lectura anterior, arrojando la cuenta por la ventana, no pudo evitar acercarse a aquella puerta y mirar hacia dentro, hacia ese silencioso y solitario pasillo, y le costó contener las ganas que tenía de entrar.

Y es que necesitaba convencerse a sí mismo que aquella historia era real, que la había vivido, y que no era sólo una alucinación febril causada por el excesivo calor del estío.
 
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